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Dos influencias

En la década de 1920, la sociedad, influenciada por la Iglesia Católica, poseía cortesía, distinción, elegancia. Pero todo eso fue pereciendo por la influencia de la Revolución. Se habla de la invasión de los bárbaros que arruinaron el Imperio Romano de Occidente. Sin embargo, la entrada de la Revolución destrozó la civilización más que la invasión de los bárbaros.

Desde mi más tierna infancia, fui considerando la Iglesia Católica Apostólica Romana con enlevo 1, cuyo fondo era la Fe. ¿Cómo se fue formando ante mis ojos la idea de una institución divina?

Semejante a los arrecifes de coral

Yo veía las pompas parroquianas. La Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús no era propiamente una parroquia, sino la capilla de un colegio, situado en la Parroquia de Santa Cecilia. Iglesia de dimensiones modestas para nuestra mirada de hoy en día, entre tanto, grandes para la pequeña San Pablo de aquel tiempo, a la que yo entraba lleno de respeto porque me parecía un gran monumento. Siempre fui muy atraído por todo lo que era monumental, imponente, grandioso. Me adentraba lleno de respeto por el edificio y por lo que allí sucedía. Gracias a Dios tenía Fe y sabía que ahí estaba la Iglesia verdadera del Dios verdadero y, sobre todo, era llevado por la adoración a Dios presente en el Santísimo Sacramento.

Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en San Pablo, a inicios del siglo XX

Iba allí para asistir a las ceremonias, a la Misa, a la bendición con el Santísimo, de vez en cuando a una boda, pero tenía vuelta mi atención hacia un punto especial, que sólo más tarde conseguí explicitar, pero que fue creciendo en densidad en mi espíritu.

Realmente, la explicitación no es sino el último afloramiento de una verdad. Así como los arrecifes de coral son formados en el océano, desde bien hondo y van subiendo – en cierto momento aquello aflora y constituye una isla –, eso de modo semejante también ocurre en la mente humana. Son impresiones que se van sedimentando y colocando de modo armónico unas junto a otras, y constituyen en el subconsciente la enorme torre “submarina” de una convicción o de una idea que va a surgir. En cierto momento se da la explicitación en la cual la idea acaba de formarse y nacer. Voy a describir un poco cómo sucedió conmigo.

Gestos, actitudes, modos de hablar que expresan la mentalidad

Desde pequeño, yo era muy atraído por las formas y sobre todo por los colores. Me agradaba el colorido de la pintura de un mosaico sobre el Sagrario representando al Padre Eterno, teniendo en el pecho una paloma, símbolo del Espíritu Santo, y el Santísimo Sacramento, indicando la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Todo era muy apropiado.

El Sagrario, que me parecía hecho de oro, era espeso, sólido, bien trabajado. Los candelabros, los vitrales, las pinturas en las paredes – sobrias, distinguidas, tranquilas –, las formas de los ornamentos litúrgicos, los gestos y las palabras del celebrante – el latín, lengua tan noble que yo no entendía y quedaba arriba de la intelección común, siendo propia a los doctos, hombres de valor superior –, todo eso sumado me iba impregnando de mil impresiones afines con la calma que es uno de los aspectos de la virtud de la templanza. Aquello me parecía armonioso, serio, coherente estable, elevado, con un cierto resplandor sobrenatural que yo no sabía definir.

También había mucha relación armónica con la música del órgano, con la actitud de los fieles mientras el sacerdote celebraba. Y había la coherencia de todo eso con la idea de que el sacerdote era un ser superior, escogido dentro del pueblo y llamado por Dios para una misión de una intimidad especial con Él, haciendo del sacerdote una persona ungida, separado de los otros hombres, y colocado arriba de ellos para el bien de la humanidad. Un puente, al pie de la letra, entre Dios y los hombres. El sacerdote es el pontífice, palabra que significa aquél que hace el papel de puente. Después, la idea de que el sacerdote no se casa y, por lo tanto, no se mezcla ni siquiera con las alegrías santas de un hogar, se reviste de una respetabilidad toda especial.

Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, San Pablo, Brasil

Poco a poco fui notando cómo en todas las iglesias que conocía, o cuya fotografía veía al hojear revistas, yo tenía la misma impresión, y pensaba: “¡Cómo esas iglesias, tan diferentes en su decoración, en las imágenes en ellas veneradas, en las personas que las frecuentan, entretanto parecen una misma cosa! Ya sea la Iglesia del Corazón de Jesús, ya la del Inmaculado Corazón de María, la de Santa Cecilia, en San Pablo, como la de Embaré, en Santos, en todas ellas ¡la Iglesia es siempre Iglesia!”

¿Qué hay en la Santa Iglesia que se afirma con tanta unidad en circunstancias tan diversas?

Los colores y las formas que alguien escoja para expresar sus sentimientos varían de persona a persona. Cada cual se expresa de una cierta forma, y comunica una determinada nota al ambiente donde está. El individuo tiene ciertos gestos, actitudes, modos de hablar que también expresan su mentalidad. Entre todos esos síntomas de su mentalidad y su propia mentalidad, hay coherencia.

Convicciones, normas, virtudes

Ahora bien, si voy a tomar la Liturgia católica, todos sus gestos expresan una misma mentalidad, como si fuese el gesticular de una misma persona. Detrás de esos gestos hay una mentalidad que de algún modo vive en todos los sacerdotes. Es una mentalidad que está en el sacerdote profesor de alemán del Colegio San Luis, pero también en el misionero italiano del Corazón de Jesús, en el misionero español del Corazón de María, en aquel otro sacerdote brasileño del norte, gaucho o paulista. Hay dentro de ellos la presencia de un tercero que vale más que ellos.

Iglesia de Santa Cecilia, San Pablo, Brasil

Privadamente, conozco a alguno de ellos son respetables, distinguidos, decentes, yo les estimo. Pero no valen lo que ellos hacen en el altar. Esa persona que, por así decir, habita en ellos vale mucho más que ellos. Y no fue compuesta por ellos; ya existía en la Iglesia antes de que ellos naciesen y, cuando fueron ordenados sacerdotes, ellos se insertaron en eso. ¿Qué es eso?

Me venía al espíritu esa pregunta, sin perplejidad. Era la indagación de quien sabía que hay respuesta y la buscaba con la claridad de quien busca un tesoro. Por tanto, no era una pregunta angustiada, pero si enlevada, esperanzada y maravillada.

No poseía los conocimientos de Catecismo y de Religión que luego adquirí con el transcurso del tiempo. Mi respuesta fue la siguiente: la Iglesia es una institución. Es algo que existe desde Jesucristo hasta hoy y que transmite un conjunto de convicciones – las verdades de la Fe –, un conjunto de normas – las normas de la Moral –, un conjunto de virtudes, porque la Iglesia no es apenas un conjunto de libros, sino un conjunto de virtudes efectivamente practicadas, las cuales se vienen transmitiendo de generación en generación, y son la realización, en la vida humana, de aquello que la Fe propone, la Moral indica, y así van modelando a los hombres en todos los lugares, en todos los tiempos. De ahí lo admirable de la Iglesia.

¡Oh, qué institución divina!

Esta institución dominada por la misma mentalidad, por el mismo espíritu, elaboró todo eso y lo fue completando y perfeccionando a lo largo de los siglos. Pero existe algo que también nació de Ella: la buena educación en el orden temporal y civil.

El ceremonial de la sociedad civil, bien analizado, es lo contrario de la grosería moderna, del espíritu revolucionario. Es el reflejo, en los hábitos humanos, de la misma mentalidad de la Iglesia.

¡Oh, qué institución divina! Hay aquí, algo completamente superior a la crónica e inevitable estupidez humana. Si en Ella hubiera sólo hombres, esa institución se desmoronaba. Hay en Ella un principio de unidad, una llama sobrenatural que vale más y que mantiene todo eso. Es un espíritu, una continuidad, una llama de Dios.

Yo miraba las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, larga y atentamente, y pensaba: “Si tuviese talento, considerando a la Iglesia tal vez yo sería capaz de imaginar la fisonomía de su Fundador. Porque la Iglesia está presente en su Fundador como en su propia Causa. Ahora bien, miro la fisionomía de Nuestro Señor Jesucristo y digo: “¡Es el Fundador de la Iglesia! ¡Él es la Causa, la Iglesia es su Hija!” De lo cual proviene una prolongada atención puesta en Nuestro Señor para adorarle como la Segunda Persona de la Santísima Trinidad encarnada, pero también para hacer la comparación entre Él y la Iglesia.

Mi conclusión: ¡Cómo se parecen! ¡La Hija, cómo se asemeja al Padre! Después, seguía el considerar las reglas de educación, dignidad, distinción, aún en vigor en Occidente, y decir: “Este orden temporal también es hijo de Nuestro Señor Jesucristo”. Y yo adoraba a Nuestro Señor Jesucristo reflejado también en el ceremonial civil. Y exclamaba: “¡Qué maravilla! ¡Qué cosa sublime!

Hombre bueno es aquel que abrió su alma a la Iglesia

Posteriormente, al conocer un poco más la Doctrina Católica, aprendí que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo. Que Nuestro Señor Jesucristo tiene dos naturalezas, humana y divina, en una sola Persona. Y en cuanto Hombre-Dios pudo ofrecer un sacrificio que expiase, ante el Padre Eterno, por los pecados de los hombres, obteniendo con esto el perdón del pecado original, de las otras faltas mediante los Sacramentos, y la apertura del camino hacia el Cielo. Y que de ahí proviene la vida de Dios en nosotros.

De aquí la existencia, en la Iglesia, de una presencia sobrenatural, que yo juzgaba entrever más o menos, como el Sol a través de un vitral. La comparación es objetable; toda comparación tiene alguna cosa que claudica. Pero el hecho concreto es que a mí me parecía ver resplandores en la Iglesia, a través de los cuales, por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, discernía algo que, en último análisis, remontaba hasta Él. Entonces brotaba de mi alma el acto de adoración a Dios, Nuestro Señor.

Basílica de San Antonio de Embaré – Santos, Brasil

En cierto momento, comencé a darme cuenta de cómo, a pesar de ser Él infinitamente bueno y misericordioso, el ser humano no es digno de aproximarse a Él. Esa idea se clavó mucho más en mi espíritu a medida que fui tomando contacto con la Revolución. Los que no son pésimos, veo que no lo son porque en algo abrieron su alma a la Iglesia. ¿Quieren la definición de hombre bueno? Es aquel que abrió su alma a la Iglesia. La gracia de Dios, penetrando en él, lo llamó hacia el bien, él dijo “sí” y comenzó a ser bueno.

Fui viendo el mal crecer a borbotones en las personas, los defectos, las malas tendencias. Examinaba cuál era el lado de alma que resistía en el interior de ellas: la Santa Iglesia.

Miraba dentro de mí y veía nacer la tentación. No sólo la tentación venida del demonio, sino la procedente de mí, errado y tendiente al mal, queriendo con énfasis cosas no buenas, y teniendo que trabar una batalla en mi interior para conseguir comportarme bien. Y me preguntaba: “¿Cuántos son los que a mi alrededor lucharon como yo combato? Ahora bien, yo no soy ni mejor ni peor que ellos. Si preciso luchar así para comportarme bien, si ellos no combaten no sirven de nada. Porque si yo no luchase tampoco serviría para nada. Luego, Plinio, ¡sea desconfiado y comprenda bien en qué humanidad está!”

Conclusión: Solamente es bueno quien es verdaderamente católico y lleva en su alma y en su fisonomía la señal de la lucha. Quien no es así, cuando tiene virtud, esta es frágil; y virtud frágil no es sino una virtud en agonía.

por Plinio Corrêa de Oliveira

 

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