El premio de la esclavitud a María Santísima

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El premio de la esclavitud a María Santísima

La obra maestra de San Luis María Grignion de Montfort, el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, en nuestra opinión, puede ser considerada como el pináculo de la mariología de todos los tiempos. Pues al enseñarnos la esclavitud de amor a Jesús por medio de María, San Luis nos indica el camino perfecto para que alcancemos nuestro último fin, que es la unión total con Cristo.

Una devoción con orígenes muy remotos

Esta forma de devoción no fue descubierta por el misionero francés, que falleció a comienzos del s. XVIII. Al contrario, se trata de una antiquísima práctica cuyos orígene

San Jose, según San Juan de Avila, se ofreció como esclavo

s se confunden con los de la misma Iglesia Católica.
San Juan de Ávila, futuro doctor de la Iglesia, afirma que ya era practicada por San José: “¡Cuán rico, cuán gozoso estaba el santo varón con verse diputado para servir a tal Hijo y a tal Madre… Y cuando consideraba que era Madre de Dios, agotábase el juicio, salía de sí con admiración…, y daba alabanzas a Dios, que lo había tomado por marido de la Virgen, y ofrecíasele por esclavo!”.1 
Siguiendo la estela del patrón de la Santa Iglesia, San Ildefonso de Toledo compuso, en el s. VII, una bellísima oración que fue recordada por Juan Pablo II con ocasión de su visita a España en 1982: “Por eso soy yo tu esclavo, porque mi Señor es tu Hijo. Por eso tú eres mi Señora, porque tú eres la esclava de mi Señor. Por eso soy yo el esclavo de la esclava de mi Señor, porque tú has sido hecha la Madre de tu Señor. Por eso he sido yo hecho esclavo, porque tú has sido hecha la Madre de mi Hacedor”.2

La Escuela Francesa de Espiritualidad

Durante el Siglo de Oro español la esclavitud de amor a la Santísima Virgen tomaría un renovado impulso. En la espiritualidad de aquella época el término “esclavo” era de uso frecuente, al extremo de considerarse San Ignacio de Loyola, él mismo, un “esclavito indigno” de Jesús. 3 Aunque le correspondió a una monja concepcionista franciscana, Sor Inés de San Pablo, el honor de erigir la primera Cofradía de las Esclavas de la Madre de Dios, fundada el 2 de agosto de 1595, en Alcalá de Henares.
De España la devoción pasó al otro lado de los Pirineos y se difundió a través de la Escuela Francesa de Espiritualidad, especialmente por el Card. Pedro de Bérulle, San Juan Eudes y el venerable Juan Jacobo Olier.
Éste último fundó en París en el año 1642, a petición del Card. De Bérulle, el seminario de San Sulpicio en el que el joven Grignion de Montfort estudió y conoció esta devota práctica, elevada por él a las alturas que hoy admiramos. Con San Luis adquirió una profundidad cristológica, trinitaria y misionera como nunca antes la había tenido, pero enriquecida con una singular característica: el santo la describió en términos accesibles para el pueblo fiel y la predicó en sus misiones populares. Y estas peculiaridades no se perdieron cuando, al final de su vida, la plasmó en el famoso Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen , el cual armoniza de modo incomparable la elevación del pensamiento teológico con un lenguaje casi coloquial.

Somos esclavos de Dios por naturaleza

La piedra angular de la doctrina expuesta por San Luis Grignion es una verdad en ocasiones olvidada: “Antes del Bautismo pertenecíamos al demonio como esclavos suyos. El Bautismo nos ha convertido en verdaderos esclavos de Jesucristo”.4
“¿Acaso no sabéis que no os pertenecéis?” (cf. 1 Co 6, 19), pregunta el Apóstol. Y San Luis añade: “Somos totalmente suyos, como sus miembros y esclavos, comprados con el precio infinito de toda su Sangre”.5

San Luis María Grignion de Montfort

Sentado este principio, el misionero francés explica la diferencia entre el servidor asalariado y el esclavo, realzando en términos muy vivos la completa sujeción de éste con relación a su señor: “Por la esclavitud, en cambio, uno depende de otro enteramente, por toda la vida y debe servir al amo sin pretender salario ni recompensa alguna, como si fuera uno de sus animales sobre los que tiene derecho de vida y muerte”.6
Estas palabras pueden herir los oídos del hombre moderno, pero muestran con innegable claridad la necesidad de que pertenezcamos totalmente a Cristo de forma perpetua, incondicional y gratuita.
Por naturaleza, afirma San Luis, todos los seres son esclavos de Dios. Los demonios y los condenados también lo son por constreñimiento, y los justos y santos, por libre voluntad.
Este tipo de esclavitud es, obviamente, “la más perfecta y la más gloriosa para Dios, que escruta el corazón, nos lo pide para sí y se llama Dios del corazón o de la voluntad amorosa”, porque por esta esclavitud el individuo “opta por Dios y por su servicio, sin que importe todo lo demás, aunque no estuviese obligado a ello por naturaleza”.7

Jesús y María, unidos como el calor y el fuego

Pero, ¿por qué ser esclavo de Jesús por medio de María? ¿La devoción a Ella no llega a desviar nuestra atención de Cristo?
Es la pregunta tantas veces repetida a lo largo de la Historia, a la que el Concilio Vaticano II, en la Constitución Dogmática Lumen Gentium, da una cabal respuesta: “Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta”.8
El Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen es, en su conjunto, una respuesta irrefutable a esta objeción que, no obstante, un gran número de personas suele hacer explícitamente, incluso las piadosas y deseosas de una íntima unión con Cristo. Hasta el joven Karol Wojtyla llegó a sentir dificultades al respecto, pero se le resolvieron ante la argumentación teológica expuesta en el Tratado.9 Porque, como brillantemente muestra San Luis en esta obra, lejos de desviar o apartar de Jesucristo, María Santísima nos conduce a la plena unión con Él.
“¿Sería posible que la que halló gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno en particular estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la unión con Él? ¿Será posible que la que fue total y sobreabundantemente llena de gracia y tan unida y transformada en Dios que lo obligó a encarnarse en Ella impida al alma vivir unida a Dios?”, se pregunta el santo. 10
Está claro que no es así, afirma San Luis, porque “Tú, Señor, estás siempre con María, y María está siempre contigo y no puede existir sin ti; de lo contrario, dejaría de ser lo que es. María está de tal manera transformada en ti por la gracia, que Ella ya no vive ni es nada; sólo tú, Jesús mío, vives y reinas en Ella más perfectamente que en todos los ángeles y santos. […] Ella se halla tan íntimamente unida a ti, que sería más fácil separar la luz del sol, el calor del fuego”.11

La más completa donación de sí mismo

El acto de la perfecta consagración en las manos de María, propugnado por esta devoción consiste en que le entreguemos a Ella “el cuerpo, con todos sus sentidos y miembros; el alma, con todas sus facultades; los bienes exteriores —llamados de fortuna— presentes y futuros; los bienes interiores y espirituales, o sea, los méritos, virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras”.12
Incluso tras una cuidadosa relectura de las palabras de San Luis, difícil nos será aquilatar la radicalidad de la entrega que hacemos de nosotros mismos cuando nos convertimos en esclavos de María. Por este acto, explica el misionero francés, uno entrega a Jesucristo “todo cuanto le puedes dar y mucho más que por las demás devociones, por las cuales le entregas solamente parte de tu tiempo, de tus buenas obras, satisfacciones y mortificaciones. Por esta consagración le entregas y consagras todo, hasta el derecho de disponer de tus bienes interiores y satisfacciones que cada día puedes ganar por tus buenas obras”.13
Y esto, subraya San Luis, no se hace ni siquiera en una orden o instituto religioso. “En éstos se dan a Dios los bienes de fortuna por el voto de pobreza, los bienes del cuerpo por el voto de castidad; la propia voluntad, por el voto de obediencia, y algunas veces la libertad corporal, por el voto de clausura. Pero no se entrega a Dios la libertad o el derecho de disponer de las buenas obras, ni se despoja uno, cuanto es posible, de lo más precioso y caro que posee el cristiano, a saber: los méritos y satisfacciones”.14
Al añadir un nuevo aspecto a la visión mariológica del Tratado, que ayuda a comprender aún mejor cómo ha de ser íntegra nuestra entrega a María, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira comenta: “La devoción de San Luis Grignion de Montfort consiste en la donación completa de uno mismo a la Virgen en calidad de esclavos.
Esclavos porque le damos a Ella más de lo que un hijo puede dar. Las relaciones de un hijo con su madre son mucho más íntimas, mucho más cercanas, mucho más profundas que las relaciones de un esclavo con su señor. Pero ante su madre y su padre el hijo conserva sus derechos.
Ante su señor el esclavo parece que pierde sus derechos. La renuncia que hace de sí mismo el que tiene la promesa de esclavitud a la Virgen es, en cierto sentido, más profunda que la renuncia que hace el que se considera simplemente hijo suyo”.15

Por María, con María, en María y para María

Al final de su obra, San Luis aconseja algunas “prácticas interiores que tienen gran eficacia santificadora para aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a una elevada perfección”.16 Éstas consisten en hacer todas las acciones “por María, con María, en María y para María, a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo”.17
a) Por María – Según el P. Alfonso Bossard, “se trata de conformarse y dejarse conformar por Ella en el espíritu que la anima, que no es otro que el Espíritu Santo de Dios, fuente y principio de toda vida en Cristo”.18
b) Con María – Es el esfuerzo que debemos hacer para imitarla “según nuestras limitadas capacidades”.
Ella es “el grandioso y único molde de Dios”, en el que es necesario arrojarse “para hacer imágenes vivas” de Jesucristo.19
c) En María – “Es más bien un resultado al que se puede llegar, un fruto que se puede obtener ‘por su fidelidad… como una inmensa gracia’ por la puesta en práctica del ‘por’ y del ‘con’ María. Vivir en María, ¿no es experimentar […] la presencia amante de María?”.20
d) Para María – Una consecuencia lógica de la consagración: hacerlo todo para su Señora, desde pequeños servicios hasta las empresas más grandes. Sin embargo —insiste San Luis—, no como fin último de nuestras acciones, que sólo puede ser Jesucristo, sino como fin próximo, intermediario y medio eficaz de llegar a Él.

Necesitamos un mediador ante el mismo Mediador

Los números del 135 al 182 del Tratado están dedicados a exponer los motivos que hacen recomendable esta devoción, entre ellos el de que esta piadosa práctica es un camino “fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Jesucristo, en la cual consiste la perfección cristiana.” 21
Ahora bien, lo que en nuestra opinión constituye la razón principal para consagrarnos a Jesús por las manos de María ha sido explicado en una parte anterior de la obra, en la que se enumeran y desarrollan las verdades fundamentales de la devoción a la Virgen. La cuarta de ellas es que necesitamos un mediador ante el propio Mediador.

San Bernardo de Claraval

Grignion de Montfort señala que “nuestras mejores acciones quedan, de ordinario, manchadas e infecta das a causa de las malas inclinaciones que hay en nosotros”.22 De manera que no podemos estar seguros de tener las disposiciones adecuadas para que nuestros pedidos sean atendidos.
Llevando esto en consideración, se pregunta él: “¿No necesitamos, acaso, un mediador ante el mismo Mediador?”.23 Y su respuesta es: necesitamos la intercesión de la Virgen para suplir nuestras imperfecciones y poder, a través de Ella, presentarnos ante el Medianero por excelencia, Jesucristo, que es Dios, en todo igual al Padre y al Espíritu Santo.
Por lo que el santo misionero concluye: “Digamos, pues, abiertamente, con San Bernardo, que necesitamos un mediador ante el Mediador mismo y que la excelsa María es la más capaz de cumplir este oficio caritativo”.24
¿Cómo no acordarnos de la Redemptoris Mater cuando oímos estas enseñanzas de San Luis? En esa encíclica San Juan Pablo II, en perfecta armonía con la doctrina mariológica del Concilio, realza la “función materna” de esa mediación.25 Y cita, para ello, la solemne profesión de fe que hizo el Papa Pablo VI el 30 de junio de 1968, así como el discurso del 21 de noviembre de 1964, en el que este mismo Pontífice proclamaba a María “Madre de la Iglesia”.

La gran paradoja: la esclavitud que libera

Como conclusión de las presentes consideraciones, cabe recordar la paradoja evangélica según la cual el hombre deber perder su vida por Cristo para salvarla (cf. Lc 9, 24).
O, en otras palabras, la necesidad de aniquilarnos a nosotros mismos asumiendo la condición de esclavos para que tengamos “los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2, 5).
La esclavitud de amor, que la practican los justos y los santos, otorga la plenitud de la verdadera libertad. Y éste es uno de los puntos que más entusiasman de la doctrina montfortiana: nuestra total entrega a Jesús, hecha efectiva por las manos de María, constituye el medio más poderoso para liberarnos del yugo de los vicios, de nuestros pecados actuales y de los efectos del pecado original.
Un paradigma perfecto de la gloria que esta paradoja conlleva para el que la práctica es la Santísima Virgen. Porque la que quiso ser únicamente la esclava del Señor, “cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria Celeste”.26

La más íntima unión con María que una criatura pueda alcanzar

Ahora bien, cuando concibe la sagrada esclavitud a Jesús por las manos de María —explica el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira— “San Luis Grignion no tuvo la intención de excluir el calificativo de hijo; compagina ambos. Por sentirnos hijos de la Virgen y por reconocer en Ella, además de una madre perfecta e incomparable, a la Madre de Dios, es por lo que a este título sumamos a la condición de hijos también la de esclavos”.27

La esclavitud de amor, que la practican los justos y los santos, otorga la plenitud de la verdadera libertad.

Y este líder católico brasileño —cuya vida fue, de principio a fin, el acto de alabanza a María más hermoso que el autor de estas líneas ha tenido la oportunidad de conocer— concluye diciendo: “No se trata sólo, en el acto de esclavitud a la Virgen, de conseguirse una unión muy íntima con Ella. Sino de obtener la unión más íntima que una criatura, en nuestras condiciones, puede lograr jamás. Es la nota característica de la devoción de San Luis Grignion.
No se puede decir únicamente que es un método de unión muy estrecho con María Santísima. Es bastante más. Por mucho que esforcemos nuestro espíritu, no descubriremos un método de unión que vincule más a una criatura con la Virgen”.28

Una recompensa abundante

¿Cuáles son las ventajas de esta unión? La respuesta viene por sí sola. Basta considerar quién es María. Es nuestra madre y al mismo tiempo la Madre de Nuestro Señor Jesucristo. “Como madre nuestra usa con nosotros, si fuese respetuoso decirlo, todos los preconceptos, parcialidades y prejuicios que una buena madre tiene en relación con su hijo”, 29 llegando en ese amor materno casi a la fraudulencia, como hizo Rebeca con relación a Jacob.
Al ser la Madre perfecta del Hijo perfecto, la recompensa que Ella dé a nuestro amor sólo puede ser también perfecta, proporcionada, no al valor de lo que le hemos dado, sino a la generosidad de quien la recibió.
Ego protector tuus sum, et merces tua magna erit nimis — “Yo soy tu protector, y tu recompensa será abundante” (Gn 15, 1), le dijo Dios a Abraham. El mismo Cristo, que quiso tomar la forma de esclavo en el seno virginal de María para liberarnos del cruel cautiverio del demonio, será el premio inefable de la sagrada esclavitud de amor.

P. Juan Carlos Casté, EP – 20 de Noviembre de 2015

……………………………………………………………
1 SAN JUAN DE ÁVILA, apud GUTIÉRREZ, OFM, Enrique. Sor Inés de San Pablo, Fundadora de la primera Esclavitud Mariana . Burgos: Aldecoa, 1984, pp. 21-22.

2 San Ildefonso de Toledo, apud BEATO JUAN PABLO II. Homilía , 6/11/1982, núm. 4.

3 SAN IGNACIO DE LOYOLA. Ejercicios Espirituales, núm. 114.

4 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Traité de la Vraie Dévotion a la Sainte Vierge, núm. 68. En: OEuvres complètes . París: Seuil, 1966.

5 Ídem, ibídem.

6 Ídem, núm. 69.

7 Ídem, núm. 70.

8 CONCILIO VATICANO II. Lumen gentium , núm. 60.

9 Cf. San JUAN PABLO II. Don y Misterio . São Paulo: Paulinas, 1996, p. 37.

10 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT, op. cit., núm. 164.

11 Ídem, núm. 63.

12 Ídem, núm. 121.

13 Idem, núm. 123.

14 Ídem, ibídem.

15 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Comentários ao Tratado da Verdadeira Devoção à Santíssima Virgem. En: Cir cular aos Sócios e Militantes da TFP . Outubro 1966, p. 86.

16 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT, op. cit., núm. 257.

17 Ídem, ibídem.

18 BOSSARD, SSM, Alphonse. La doctrina de San Luis María Grignion de Montfort. Algunos aspectos sobresalientes , p. 16. (Documento ofrecido al autor por los padres montfortianos de Bogotá).

19 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT, op. cit., núm. 260.

20 BOSSARD, op. cit., p. 17.

21 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT, op. cit., núm. 152. Los números del 152 al 168 del Tratado, se destinan a demostrar esta afirmación.

22 Ídem, núm. 78.

23 Ídem, núm. 85.

24 Ídem, ibídem.

25 San JUAN PABLO II. Redemptoris Mater, núm. 47.

26 PÍO XII. Munificentissimus Deus , núm. 44.

27 CORRÊA DE OLIVEIRA, op. cit., p. 86.

28 Ídem, p. 87.

29 Ídem, ibídem.

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