El pasado martes 20 de mayo, los Heraldos del Evangelio celebraron con una solemne Eucaristía, de Acción de Gracias por la elección del Sumo Pontífice León XIV, en la Basílica Nuestra Señora del Rosario, localizada en Caieiras, São Paulo (Brasil).

El pasado martes 20 de mayo, los Heraldos del Evangelio celebraron con una solemne Eucaristía, de Acción de Gracias por la elección del Sumo Pontífice León XIV, en la Basílica Nuestra Señora del Rosario, localizada en Caieiras, São Paulo (Brasil).
La celebración fue presidida por el P. Aumir Scomparin, EP quien estuvo acompañado por decenas de sacerdotes Heraldos del Evangelio y por centenas de miembros correspondientes a la rama masculina, femenina y terciarios, de diversos países.

La homilía estuvo a cargo del P. Alex Barbosa de Brito, EP quien hizo algunas reflexiones, que transcribimos íntegramente, al final de esta nota.
Destacamos algunos trechos con las reflexiones del P. Barbosa de Brito:
“¿Cómo comenzó el papa León XIV su pontificado? León XIV comienza con un Avemaría porque sabe perfectamente que necesita del auxilio de esta Madre. Va a visitar el Santuario de Nuestra Señora del Buen Consejo porque precisa escuchar bien un consejo bueno, para justamente defender a la Iglesia que fue conquistada con la sangre de Cristo. Defenderla de los lobos y de los hombres de doctrinas perversas. Y por eso él ya tenía ese instinto de victoria, al decir que el mal no prevalecerá porque él tenía los ojos puestos en Nuestra Señora.”

“Él [León XIV] escoge el nombre de León y en aquel instante, Pedro habló por la boca del león; ¿qué dijo? el mal no prevalecerá. Si vemos en toda la Historia, a lo largo de todos los Leones que gobernaron la historia, podemos encontrar sombras, pero en el primero ¡qué luces extraordinarias, qué sol! León, el propio nombre lo dice, León. Fue tan grande, tan inmenso que recibió el nombre de León Magno, el primero de los papas con ese nombre, León el Magno, en el año 440, en el siglo V, y va hasta el 461 en el solio de Pedro. Él estaba iniciando un pontificado que habría de marcar toda la historia de la Iglesia, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira comentaba en una ocasión, sobre aquel momento en que va a retener a Atila, el rey de los hunos, aquel que era tan bárbaro, tan terrible, que pasando por los lugares ni el pasto volvía a crecer, porque él destrozaba todo por donde pasaba.
Este Atila estaba en las puertas de Roma, y el Dr. Plinio decía: ‘Roma no es sino ruinas, pero Roma tiene un papa santo y cuando en Roma hay un papa santo, no hay ruina en Roma. Pero cuando en Roma no hay un papa santo, Roma es ruina.’ Está aquel hombre al frente de su ejército todo él espiritual y, delante de Atila el terrible que se inclina reverente y no invade la Ciudad Eterna. Además qué maravillas nos dejó en materia de teología, de explicitaciones, de sermones, cuánta maravilla. Por eso le vale el título de León Magno.”
Al inicio de la celebración eucarística, el P. Aumir había develado el blasón de León XIV, colocado en el frontis de la Basílica Nuestra Señora del Rosario, como demostración perenne de la ligación de los Heraldos del Evangelio con el Dulce Cristo en la Tierra.

Homilía del P. Alex Barbosa de Brito, EP durante la Misa de Acción de Gracias por la elección del Sumo Pontífice León XIV
Estamos celebrando con gran solemnidad el inicio del pontificado del Papa León XIV, en acción de gracias por el inicio que se dio con la Misa en la Plaza de San Pedro, el día 18 de mayo pasado.
El mundo entero estaba aguardando el momento, antes de esa Misa, claro, poco antes, cuando el Cónclave terminó, aguardando quién sería elegido. Quién aparecería en el balcón, para ser anunciado y para dar la primera bendición, en el menor Estado [el Vaticano] del planeta, el más frágil, con un ejército casi simbólico, y sin embargo, todos estaban atentos. ¿Atentos por qué? Porque todos sabían perfectamente que habría de aparecer allí el hombre que puede ligar el Cielo con la tierra. Aquel que recibió de Dios, del propio Nuestro Señor Jesucristo, las llaves, las llaves del Reino de los Cielos. Ahora bien, nadie lo esperaba, él aparece en el balcón para dar la bendición, y las primeras palabras suyas son: “la paz esté con todos vosotros”. Que es justamente el saludo de Nuestro Señor Jesucristo resucitado, y en seguida él explica con una frase, la razón de haber saludado con la paz. Porque se saluda con la paz para recordar al Resucitado, pero se tiene como saludo, cuando está confirmada la victoria después de una guerra. Y él después dijo: “el mal no prevalecerá” y ahí se entiende mejor el saludo de la paz, porque sólo es posible que haya paz donde el mal no triunfa, porque si el mal triunfa no es posible que exista paz.
Y él escoge el nombre que nadie esperaba, nadie esperaba que fuese él, nadie esperaba, esperaba mucho menos, el nombre que él escogió. Él escoge el nombre de León y en aquel instante, Pedro habló por la boca del león; ¿qué dijo? el mal no prevalecerá. Si vemos en toda la Historia, a lo largo de todos los Leones que gobernaron la historia, podemos encontrar sombras, pero en el primero ¡qué luces extraordinarias, qué sol! León, el propio nombre lo dice, León. Fue tan grande, tan inmenso que recibió el nombre de León Magno, el primero de los papas con ese nombre, León el Magno, en el año 440, en el siglo V, y va hasta el 461 en el solio de Pedro. Él estaba iniciando un pontificado que habría de marcar toda la historia de la Iglesia, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira comentaba en una ocasión, sobre aquel momento en que va a retener a Atila, el rey de los hunos, aquel que era tan bárbaro, tan terrible, que pasando por los lugares ni el pasto volvía a crecer, porque él destrozaba todo por donde pasaba.
Este Atila estaba en las puertas de Roma, y el Dr. Plinio decía: “Roma no es sino ruinas, pero Roma tiene un papa santo y cuando en Roma hay un papa santo, no hay ruina en Roma. Pero cuando en Roma no hay un papa santo, Roma es ruina.” Está aquel hombre al frente de su ejército todo él espiritual y, delante de Atila el terrible que se inclina reverente y no invade la Ciudad Eterna. Además qué maravillas nos dejó en materia de teología, de explicitaciones, de sermones, cuánta maravilla. Por eso le vale el título de León Magno.

Sigue la secuencia de otros papas con el nombre de León, León II en el siglo VII, después entre los siglos VIII y IX otro León, también santo, León III, un papa llamado a hacer muros y puentes. El papa tiene que hacer muros para defender el rebaño, como dice San Pablo en los Hechos de los apóstoles. Pero también sabía hacer puentes, quería hacer puentes con el bien, que deben ser establecidos justamente para equilibrar, y es lo que buscó con el mundo oriental, para evitar lo que anteveía, el Gran Cisma de Oriente.
Uno de los grandes hechos, que marcó la Historia, en la Navidad del año 800, fue que él coronó a Carlomagno. Ahí queda para siempre marcado el papa, el escogido de Dios, el Sucesor de Pedro, que coloca en la frente del emperador una corona. Queda marcado para siempre que él tiene ese poder de abrir y cerrar, a partir de aquel momento, una gloria y más otras, hasta llegar en el Renacimiento a León X, papa de luces y sombras, porque a fin de cuentas él también supo ornar la Iglesia, pero no se puede decir lo mismo en lo que se refiere a la defensa. Le faltó fibra, que el nombre León le confería.

Otro papa santo, San León IX que era amigo de Hildebrando y que fuera asesor suyo. Hildebrando más tarde, sería San Gregorio VII. En esa pléyade de Leones, unos santos, otros no, luces y sombras. Otros que, sin haber sido canonizados, son también, a su modo gloria de la Iglesia.
El propio papa León XIII, en el siglo XIX, con un largo pontificado, a caballo del siglo XIX y el siglo XX, tiene cosas realmente extraordinarias. Como ha recordado el propio papa León XIV, la propia Encíclica Rerum Novarum, celebrada como si fuese una Encíclica de revolución, pero se olvidan que fue él quien en la Inmortale Dei dijo que “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los pueblos”. La influencia del Evangelio era tal que las leyes eran influenciadas por el Evangelio; la justicia, todo era permeado por el Evangelio. No obstante, tiempo ha que se quiere que el mundo influya al Evangelio, y no el Evangelio al mundo.




