[google_font font=»EB Garamond» size=»45″ weight=»400″ italic=»0″ color=»#7d0404″ subset=»»]Guardianes del faro de la verdad[/google_font]
El sacerdote debe anunciar no sus propias opiniones, sino la verdad sobre Dios y la salvación eterna. El que desea inventar una nueva Iglesia está en el camino errado y abusa de su autoridad espiritual.
El sacerdote debe anunciar no sus propias opiniones, sino la verdad sobre Dios y la salvación eterna. El que desea inventar una nueva Iglesia está en el camino errado y abusa de su autoridad espiritual.
Un buque de guerra se encuentra de maniobras en alta mar. Es de noche. El oficial al mando le informa al capitán que están a punto de entrar en colisión con otra embarcación, cuyas luces se pueden divisar en el horizonte. Entonces el capitán da la orden de que les envíen un mensaje por radio:
—Vamos a chocar con ustedes. Varíen su rumbo 20 grados.
Del otro lado responden:
—Les aconsejamos que sean ustedes los que cambien de dirección.
El comandante del navío les replica de modo cortante:
—Aquí les habla el capitán. Somos un barco militar. Identifíquense.
Ellos contestan:
—Somos simples marineros. El capitán, furioso y más incisivo, dice:
—¡Entonces sigan mis instrucciones! Uno de los marineros exclama:
—Infelizmente es a ustedes a los que les corresponde mudar urgentemente su curso. ¡Nosotros somos un faro!
Vuestra posición se parece a la del guardián del faro
Esta sencilla historia contiene un profundo significado, y por eso empecé con ella mis palabras. Se trata de una imagen de la grandeza y belleza de la vocación sacerdotal, pues, a semejanza de los marineros que cuidan de aquel faro, los presbíteros son llamados a actuar sobre el curso de la vida de los hombres, sea para mantenerlo o modificarlo.
Queridísimos ordenandos, vuestra posición se parece a la del guardián del faro. Por todas partes navegan hoy embarcaciones diversas: cruceros de lujo cuyos pasajeros únicamente desean divertirse, olvidándose del amor a Dios; buques de guerra, cañoneros y destructores que tratan de hundir vuestro barco; finalmente, submarinos dirigidos por católicos que suben a la superficie sólo en las ceremonias de bautizos y funerales, y permanecen ocultos el resto del tiempo.




