María, Madre del Príncipe de la paz y Madre nuestra

   Buscamos la paz. Pero sólo será auténtica y perdurable la que sea construida sobre la roca firme de la Verdad de Dios, las enseñanzas del Evangelio y el cumplimiento de los Diez Mandamientos.

   “Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14), fue el cántico de una legión del ejército celestial alabando a Dios, que los pastores sintieron penetrar en las profundidades de sus almas al final de las palabras de un ángel del Señor: “No temáis, os anuncio una buena noticia, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.

   Contemplamos el acontecimiento tan esperado en la Historia de la Salvación, relatado en el Evangelio de San Lucas, al propio Dios en un diálogo con los pastores, éstos elegidos del pueblo de Israel, que escucharon la iluminada comunicación de la buena nueva de la salvación (Efesios 1, 13), acompañada de magnífico coro que glorificaba a Dios por el Nacimiento del Redentor.

   Era el momento de la culminación del fiat de María, del “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Los ojos de Dios se fijaron en la “llena de gracia” que, en su consentimiento, cooperó en la venida del Salvador de los hombres.

   Había llegado la plenitud del tiempo – como afirma San Pablo a los Gálatas (4, 4) – en que “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley”, María Santísima asociada al plan salvífico de Dios como Madre del Redentor.

   Y, ¡oh maravilloso intercambio!, en esa simple gruta, ocurría un relacionamiento que Plinio Corrêa de Oliveira comentaba: “Nunca un corazón materno amó más tiernamente a su hijo. Jamás Dios amó tanto a una mera criatura. Y nunca un hijo amó tan plenamente a su madre”.

   Los pastores, cuando los ángeles se marcharon al Cielo se dijeron: “vayamos, pues, a Belén”, y fueron “corriendo”, encontrando a “María y a José, y al niño acostado en el pesebre”. ¡Qué posada más pobre que la gruta, ni cuna más agreste que un pesebre! Poco nos relata San Lucas, apenas que, al verlo, “contaron lo que se les había dicho de aquel niño”. Si bien que no deja de resaltar el evangelista: “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

    La Madre del Redentor, la elegida sobre quién Dios puso sus ojos, es a quien celebramos en este día primero, del año: Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Madre de todos los hombres.

P. Fernando Gioia, EP

   Pareciera que hubiéramos vuelto a esos momentos en que la humanidad vivía todo tipo de iniquidades. El paganismo está invadiendo la faz de la tierra, sin dejar de considerar las sangrientas guerras que reclaman la búsqueda de la paz. Tiempos de violencia y guerras destructoras que pueden llevar a una explosión de imprevisible magnitud nos amenazan a todo momento.

   Buscamos la paz. Pero solo será auténtica y perdurable la que sea construida sobre la roca firme de la Verdad de Dios, las enseñanzas del Evangelio y el cumplimiento de los Diez Mandamientos. El mundo tiene que dar sus espaldas a los delirios de los días de hoy, volviendo sus miradas hacia Dios, colocándolo en el centro; ahí tendremos la paz.

   Vuelven a resonar a nuestros oídos las primeras palabras del Papa León XIV, cuando el 8 de mayo pasado – apareciendo a los ojos de la expectante multitud presente en la plaza – se asomó por primera vez a la Logia central de la Basílica de San Pedro comenzando sus primeras palabras, después de varios minutos de fervorosas exclamaciones de los fieles presentes, como Soberano Pontífice: “¡La paz esté con ustedes! Queridos hermanos y hermanas: Este es el primer saludo del Cristo Resucitado, el buen pastor que dio su vida por el rebaño de Dios. Yo también quisiera que este saludo de paz entrara en sus corazones, alcanzara a sus familias, a todas las personas, dondequiera que se encuentren, a todos los pueblos, a toda la tierra. ¡La paz esté con ustedes!”. Prosiguiendo su primer mensaje al mundo entero, quiero resaltar algunas otras expresiones: “Esta es la paz de Cristo Resucitado, una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente”. Incitando a la esperanza afirmaba: “Dios nos quiere, Dios los ama a todos, ¡y el mal no prevalecerá! Todos estamos en manos de Dios”.

   Quiso el Santo Padre ratificar, para la Jornada Mundial de la Paz del presente año 2026, sus deseos para el mundo de hoy, invitando “a la humanidad a rechazar la lógica de la violencia y de la guerra, para abrazar una paz auténtica, fundada en el amor y en la justicia». Renovando su invitación a trabajar por lo que ha llamado una paz “desarmada y desarmante”, a un compromiso con la paz, que “no es simplemente la ausencia de conflicto”, sino “un don construido en el corazón y desde el corazón”, renunciando al “orgullo y la venganza”, rechazando “la tentación de utilizar las palabras como armas”. Insistiendo en la urgencia de la paz, “a medida que la tensión geopolítica y la fragmentación continúan profundizándose de maneras que agobian a las naciones y tensan los lazos de la familia humana”.

   Dirijamos nuestras miradas a María, Madre del Príncipe de la paz y Madre nuestra, que interceda, pidiendo que los hombres de hoy se dejen iluminar por la Verdad que los hará libres (cf. Jn 8, 32).

por P. Fernando Gioia, EP
Heraldos del Evangelio
www.reflexionando.org

Fuente: Gaudium Press

 

 

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