“Para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa. Auxiliarlos y defenderlos, a todos los moradores de esta tierra y, a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen”
Era un “mensaje de salvación” para un pueblo, en ese lejano año de 1531, que estaba abriendo su corazón a la predicación del Evangelio. Valiéndose de un natural del lugar, hombre piadoso, buen católico, quiso la Virgen dejar plasmado en su “tilma” (tilmahtli: manta que llevaban los hombres de campo a modo de capa), la imagen de la hoy tan conocida y venerada Señora de Guadalupe.
Dejó reflejado en ella un códice – referencia pictórica, de imágenes que eran testimonios pintados -, que llegaba profundamente al alma de los indígenas, a través de muchos detalles que no creo sea la oportunidad de profundizar todos, pero sí de algunos vale la pena destacar.
Entre ellos el rostro de la augusta Señora aparece ligeramente inclinado, así como su cabello sin trenzas para indicar que era Virgen, pero al mismo tiempo su listón negro que la identifica encinta. Se presentaba como Virgen y Madre. Era, para ellos, la Madre del verdadero Dios por quien se vive.




