Proclamación de la realeza de Cristo

En una sublime proclamación de su realeza, llena de rico simbolismo, el Señor se presenta como un rey dispuesto a hacer una entrega completa en favor de sus amados súbditos.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

El Domingo de Ramos marca el inicio de la Semana Santa, un período de profunda reflexión y significado, que culminará en la fiesta más importante del año litúrgico: la Pascua de Resurrección. El pasaje del Evangelio de San Lucas (Lc 19, 28-40) elegido para la procesión de este día narra la entrada triunfal del Señor en Jerusalén, un acontecimiento cargado de simbolismo.

La imagen de Jesús montado en un pollino a menudo se interpreta como un signo de su humildad. Sin embargo, un análisis en profundidad revela un mensaje más complejo y rico sobre su realeza, que Él mismo proclamará ante Pilato: «Soy rey» (Jn 18, 37).

En la Antigüedad se reconocía el derecho de requisa, que consistía en la prerrogativa real de exigir cualquier bien a los súbditos. Cuando les ordena a sus discípulos que trajeran un pollino, Jesús hacía valer ese derecho: «Si alguien os pregunta: “¿Por qué lo desatáis”, le diréis así: “El Señor lo necesita”» (Lc 19, 31).

Además, el evangelista observa que los discípulos «ayudaron a Jesús a montar» (Lc 19, 35) sobre el pollino. Esta frase se hace eco de las palabras empleadas por David cuando ordenó coronar a su hijo: «Montad a mi hijo Salomón en mi propia mula; bajadlo a Guijón y allí lo ungirán rey de Israel el sacerdote Sadoc y Natán, el profeta» (1 Re 1, 33-34).

Las multitudes que acompañaban al Señor, comprendiendo inmediatamente tales evocaciones, extendieron sus mantos a lo largo del camino —gesto de honor, de reconocimiento real y de sumisión—, como lo hicieron los siervos de Eliseo cuando ungieron a Jehú como soberano, extendiendo sus mantos en el suelo en reconocimiento de su autoridad (cf. 2 Re 9, 13). Este acto, junto con los gritos de «¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor!» (Lc 19, 38), proclamaba a Jesús como el Rey mesiánico esperado.

Así aclamado en su entrada en Jerusalén, el Redentor demuestra, no obstante, una realeza singular, distinta de los patrones mundanos de autoridad y dominio. Se trata de un rey que, paradójicamente, se humilla hasta la muerte para liberar a sus súbditos del pecado y reconciliarlos con Dios: según vemos en la proclamación de la Pasión que se hace hoy, tiene como corona las espinas, como trono la cruz, como cetro el amor incondicional. El Señor no busca el poder para sí, sino que lo utiliza para servir y amar, revelando el verdadero rostro de la realeza divina: un amor que se entrega y se sacrifica por la salvación de todos.

Sigamos el ejemplo del Señor, el rey que se hizo siervo, y aprendamos de Él a amar y a servir con humilde generosidad. Que en esta Semana Santa podamos dar pruebas sinceras de nuestra devoción mediante el propósito de vivir conforme a la ley de Dios, para celebrar la Pascua con un corazón renovado y lleno de esperanza. ◊

P. Fabio Hideki Kobayashi, EP

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio N° 261 – abril 2025
Ilustración: «Entrada de Jesús en Jerusalén», de Lippo Memmi – Iglesia Colegiata de Santa María Asunta, San Gimignano (Italia)





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