Martirizado por Trajano, el santo obispo había sido discípulo del propio Juan Evangelista.
Corría el año 106, tiempos en que la sed de sangre cristiana de los emperadores romanos seguía más viva que nunca.
Trajano había triunfado sobre Decébalo, rey de Tracia, y no se le ocurrió mejor manera de agradecer a los ‘dioses’ a los que supuestamente debía su victoria, que organizar una nueva persecución contra los seguidores de Jesús, que justamente negaban el culto a esas demoníacas divinidades.
Entre los capturados por esta persecución se hallaba un venerable anciano, magnífico, cuya presencia además traía el aroma de los mismos apóstoles, pues había sido discípulo de San Juan Evangelista y había sido designado obispo por el propio San Pedro: era Ignacio, el obispo de Antioquía, protagonista de nuestra historia.
Trajano recibe la enigmática respuesta
Cuenta una bella tradición, que San Ignacio se encontró con Trajano, un día en que este pasó por su propia diócesis. Trajano, que ya sabía de la radicalidad de la vida cristiana del obispo, le espetó arrogantemente que él era un “espíritu malvado”, a lo que Ignacio replicó: “Nadie puede llamar a Teóforo de espíritu malvado”. – “¿Quién es Teóforo o portador de Dios?”, preguntó el emperador. A lo que el Obispo respondió: “Es aquel que lleva a Cristo en su pecho”. Entonces Trajano lo conminó a que explicara mejor esa afirmación, recibiendo la siguiente respuesta aún misteriosa del Santo: “Está escrito, habitaré y caminaré en medio de ellos”. (2 Cor 6,16) Más adelante se comprenderá todo su sentido.
Trajano ordenó entonces que el obispo de Antioquía fuese hecho prisionero, y encadenado se le llevase a Roma con una escolta de 10 soldados. En Roma sería uno más de aquellos héroes que regaría con su sangre las amarillas arenas del Coliseo.
El viaje del obispo tuvo harto de ignominia pero sobre todo mucho de desfile triunfal. Por donde pasaba los cristianos salían a su encuentro, a venerarlo, a fortalecerlo, pero sobre todo a recibir su fortaleza. Digno de resaltar fue el encuentro con San Policarpo, obispo de Esmirna. Entre santos bien se entienden.
Escribió 7 maravillosas cartas
Escribió en este periplo San Ignacio 7 cartas, una por cada iglesia que fervorosamente lo había recibido. Son de tal altura, que fueron llamadas de “segunda formulación de la doctrina cristiana”.
Es el creador del título “Iglesia Católica”, pues fue el primero en usarlo: “Donde estuviere el obispo, allí estarán también las multitudes, de las misma forma que donde estuviere Jesucristo, allí estará la Iglesia Católica”. Que bello es haberle dado el nombre a la propia Esposa de Cristo.
San Ignacio de Antioquía, en una época en que aún la figura de la Madre de Dios no tenía el realce que los siglos después le destinaron, fue el defensor de las prerrogativas de María, por ejemplo de su virginidad perpetua: “Al príncipe de este mundo fue ocultada la virginidad de María, su parto y también la muerte del Señor”. A los naturales de Esmirna escribía: “Creyendo de igual modo que verdaderamente nació de la Virgen, fue bautizado por Juan ‘para que en Él se cumpliese toda justicia’ ”. Recordemos que estamos hablando de un discípulo de San Juan, el apóstol que conoció muchos de los secretos del corazón de Cristo y que convivió con la Virgen tras la muerte del Señor.
No quiso que se intercediese para buscar su libertad: “He escrito a todas las iglesias y a todas ellas hago saber que con alegría muero por Dios, con tanto que vosotros no lo impidáis. (…) Dejadme ser alimento de las fieras, porque, a través de ellas, se puede alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios: ¡que yo sea triturado por los dientes de las fieras para tornarme puro pan de Cristo!”.
Maltratado por “10 leopardos”
Custodiado por los 10 guardias a los que apodó por siempre de “10 leopardos”, por su mal trato, llega al puerto de Ostia el 20 de diciembre de 107, el último de los 123 días de celebraciones por la victoria de Trajano contra los dacios. Para sentir un poco cómo ese imperio pagano – que muchos quieren pintar como edad perfecta – era un mar de odio y orgía de sangre, cuenta la historia que en esa centena de días de fiesta habían muerto más de 10.000 gladiadores y 12.000 fieras. Se ve también cómo el demonio ejercía entonces su potestad, porque de otra manera sería imposible justificar la aceptación pacífica y entusiasta de esa carnicería.
Apenas llega a Ostia es trasladado a Roma, donde lo reciben también los cristianos con admiración. Trágico, grandioso y bello es el espectáculo del inocente obispo, ya marcado su rostro por las indefectibles huellas del tiempo, encadenado, caminando hacia el Coliseo bajo las miradas lujuriosas de sangre de paganos infestados, y las lágrimas admirativas de los cristianos.




