San Pedro Armengol es el modelo de la confianza. Incluso si estamos sumergidos en el fango profundo, donde nuestros pies no encuentran suelo firme, tenemos que confiar en Nuestra Señora.
San Pedro Armengol nació en Cataluña en 1238, hijo del noble Arnau Armengol Rocafort. Sus padres eran muy cercanos al rey de Aragón, soberano de aquella región ibérica, y tenían entrada libre a la Corte.
Pedro recibió una educación esmerada, pero a medida que trascurrían los días decaía su moral y su piedad. Empezó a convivir con malas compañías y se desvió de los caminos del bien.
En vano, los padres hicieron todo lo posible por retenerlo. Pedro fue desvió a tal punto que abandonó la casa de su padre, se metió en medio de bandidos, de gente sinvergüenza, y allí se perdió por completo.
Con el tiempo, se convirtió en el líder de una banda de salteadores de caminos. Ladrón peligroso, asesino y fugitivo, si la policía real lo atrapara, seguramente lo matarían.
Golpe de gracia
Sucedió, sin embargo, que, mientras vagaba un día por el bosque con sus compañeros de perdición, escuchó a lo lejos un toque de clarín, propio de la gente de la Corte. Imaginando el preciado botín que le proporcionaría ese séquito, Pedro decide atacarlo con su pandilla.
Nada más encontrarse los dos grupos, Pedro va en busca del jefe del destacamento y está a punto de asestarle un golpe cuando… se da cuenta de que es su propio padre.
Como golpeado por un rayo, el bandido permanece inmóvil, sosteniendo su brazo armado en el aire. Él, no su padre, había recibido el golpe fatal. Un golpe de gracia divina. Seguramente, en ese momento alguien, en algún lugar, debió estar rezando por él a Nuestra Señora…
Confundido y avergonzado, Pedro tuvo verdadera contrición por los pecados que había cometido. Como el hijo pródigo del Evangelio, se arrojó a los pies de su padre y le pidió perdón. Acabó siendo perdonado por el Rey, dejando para siempre el círculo de malhechores en medio del cual había vivido.
Entonces, con toda humildad, buscó a un religioso mercedario, a quien confesó los crímenes que había cometido y expuso los remordimientos que torturaban su alma.
En la Orden de Nuestra Señora de la Merced
Entonces Pedro pidió, por misericordia, que lo admitieran como mercedario. Los frailes decidieron aceptarlo, reconociendo su profundo y sincero arrepentimiento.
Era misión de los mercedarios trabajar por la liberación de los cautivos que vivían bajo el yugo de los infieles. En efecto, para cumplir su heroica misión, los frailes mercedarios no sólo se arriesgaron a vivir en territorio mahometano, sino que también hicieron un voto admirable: por amor a las almas, se ofrecían como rehenes, para ser canjeados por cautivos católicos que se encontraban en el medio de los moros.
Esta fue precisamente la forma de heroísmo adoptada por Pedro Armengol. Atendiendo a la voz de la obediencia, fray Pedro pasó varios años en el norte de África, en una existencia azarosa.
Cuando se disponía a regresar a España, supo que 137 jóvenes cristianos, esclavizados, yacían en las casas de sus amos expuestos a la depravación y al riesgo de perder la fe.
Fray Pedro, con devoción religiosa, buscó a los moros y negoció la liberación de aquellos cautivos. Los infieles exigieron mucho dinero. Una suma tan elevada sólo podía venir de España, lo que prolongaría aún más el tiempo de la peligrosa esclavitud de los jóvenes católicos.
Sin dudarlo, fray Pedro se ofreció como rehén en su lugar, hasta que le enviaran desde España la cantidad necesaria para el rescate. Los moros accedieron, imponiendo, sin embargo, la siguiente condición:
— Les damos a ellos un plazo para ir a España, recoger el dinero y enviárnoslo. Durante este tiempo usted queda aquí a nuestra disposición. Si el dinero no llega el día X, lo colgaremos.
Colgado de la horca, sin perder la confianza en Nuestra Señora




