6 de noviembre
San Severo fue el obispo de Barcelona durante la persecución de Diocleciano en el siglo IV (303/313), la persecución a cristianos más sangrienta de las que impulsó el Imperio romano.
San Severo huyó hacia Castrum Octavianum, lugar donde después se levantaría la ciudad de Sant Cugat del Vallès. Allí fue hallado y detenido por un destacamento romano y, al no renunciar a su fe, sufrió el martirio, insertándole un clavo en la cabeza. Por su parte, los sacerdotes que acompañaron al obispo fueron decapitados.