Por la intensidad e integridad con que el hombre guarda el precioso don de la fe en su alma, se podrá medir su caridad.
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario – 5 de octubre
La liturgia de este domingo bien podría resumirse en la suave censura del divino Maestro contenida en el versículo que da título a este artículo…
Y como expresión de lo que ocurre en las almas con respecto al don de la fe, la metáfora del grano de mostaza nos introduce en los misterios de la propia vida natural, reflejo de la sobrenatural. ¿Qué es, pues, la vida? ¿Cómo explicarla? ¿Qué es el don de la fe? ¿Cómo incrementarla, ya que los mismos Apóstoles le piden al Maestro: «¡Auméntanos la fe!» (Lc 17, 5)?
Movida por el enigma de la vida, la mente humana se inclina, ora sobre las diminutas semillas de hierba que dan origen a las paradisíacas alfombras vegetales británicas, ora sobre las semillas de secuoya —comparables a las del tomate en su dimensión, pero de las cuales germinarán las gigantescas coníferas que maravillan a la humanidad—, buscando comprender los arcanos secretos que encierran, sin encontrar, no obstante, una respuesta que la satisfaga plenamente.




