Un perfume de Navidad en el aire…

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Un perfume de Navidad en el aire…

¿El consumismo, el deseo del goce de la vida y la preocupación apenas con lo que es terreno habrán conseguido apagar enteramente en las almas el espíritu navideño? 


Al aproximarse las fiestas de fin de año, las casas comienzan a ser decoradas con arbolitos, casi todos artificiales, llenos de bolas y adornos coloridos, los comercios se preparan para vender más, los funcionarios hacen horas extras, se contrata a alguien para que se disfrace de Papá Noel, y todo el mundo queda a la espera de la cena y para los regalos, o para los viajes.

Todos se preparan para vivir estos días de feriado, de fiestas y de goce. ¿Pero, fue siempre así, tan reducida a los aspectos materialistas, la época de Navidad? ¿Se recuerdan hoy las personas de Aquel de quién celebramos el nacimiento?

Hubo tiempos en que los días que antecedían al esperado 25 de diciembre traían un perfume sobrenatural en el aire. Mucho antes, la alegría dominaba los corazones. La ciudad se engalanaba, se armaban árboles y se compraban los ingredientes para las deliciosas cenas.

Los adultos salían misteriosamente a la calle, volvían cargados de paquetes y los pequeños no se daban cuenta de nada… ¡o por lo menos disfrutaban en aparentar que nada percibían! ¡No siempre los regalos eran caros, pero eran dados con todo afecto! La figura del Niño Jesús lo dominaba todo.

El pesebre

Al lado de los pinitos, a veces tan altos que llegaban al techo de la casa, el pesebre nunca podía faltar. Se buscaba el musgo en los campos o en los mercados, se plantaba arroz en pequeños floreros en el día 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada, para que el día 24 estuviese crecidito, todo hecho para dar el aire más real posible a la gruta de Belén, donde nacería el Salvador. La cuna vacía iba a ser ocupada en la madrugada del día 25, cuando naciese nuestro Redentor.

Los Magos, a lo largo de los días, iban recorriendo el camino, siguiendo la estrella que los guiaba, y sólo llegaban a la santa gruta el día 6 de enero, como relatan las tradiciones más antiguas.

El día 24 de diciembre amanecía completamente diferente. Junto al agradable olor de pan de miel, de chocolate y de pavo, que era asado lentamente, en un ambiente de santa alegría, flotaba sobre toda la ciudad.

Las ropas nuevas eran cuidadosamente preparadas. Alrededor de las cinco o seis de la tarde, el movimiento en las calles comenzaba a disminuir. En las casas todas las luces eran encendidas, los árboles de Navidad brillaban con sus lucecitas coloridas. La noche iba llegando y las personas se preparaban para la Misa. A las diez de la noche las iglesias comenzaban a abrirse y mucha gente iba llegando. Las señoras rezaban o a veces cuchicheaban entre sí, los hombres bostezaban, y los niños esperaban ansiosos la entrada del Niño Dios, que sería llevado por el sacerdote para completar el bello pesebre, con la cuna aún vacía.

La bella imagen del Niño Jesús

Se oía el repique de las campanas, los cánticos llenaban la iglesia de los sonidos de aquella noche feliz. ¡Nació el Niño Jesús! El sacerdote entraba con una encantadora imagencita de nuestro Dios hecho niño y la depositaba en el pesebre. Varios fieles se acercaban para venerarla. Comenzaba la Misa, y la Navidad llegaba a su auge en el momento de la Consagración y de la Comunión.

Finalizada la Eucaristía, muchas familias compartían una deliciosa cena bien entrada la noche, celebrando tan excelso cumpleaños. Otras preferían conmemorarlo con un suculento almuerzo al día siguiente. Pero lo más común en todas las casas era ver los niños, el día 25, jugando y disfrutando de sus nuevos regalos, contentos por ver que el Niño Jesús trajo la alegría de la salvación y los premió por su buen comportamiento.

Muchas familias se visitaban, para personalmente saludar a sus amigos y parientes, deseándoles los mejores votos de una Santa Navidad, repleta de las bendiciones de Dios. Era efectivamente un tiempo de paz en que la fe estaba presente y reinaba la armonía entre las personas.

¿Se perdió el verdadero sentido de la Navidad? ¿El consumismo, el deseo del goce de la vida y la preocupación apenas con lo que es terreno habrán conseguido apagar enteramente en las almas el espíritu navideño?  ¿Continuará la Navidad siendo celebrada sin tener en cuenta que esta es la fiesta del nacimiento del Niño Jesús, que se encarnó y nació de María Virgen para abrirnos las puertas del cielo? ¿No volverán más las inocentes alegrías de las fiestas navideñas de otrora?

Es difícil responder positivamente a estas interrogantes. Pero recordándonos del poder de la Gracia divina, tenemos la esperanza de la restauración de esa alegría sobrenatural.

Quizá nuestros lectores se sientan inspirados a rezar para que vuelva esa atmósfera de inocencia y que ese perfume del espíritu cristiano impregne nuevamente los hogares. No sólo el perfume de tiempos pasados, sino de una nueva era que se aproxima, era del triunfo del Inmaculado Corazón de María, que hará de esta fiesta una verdadera ”Noche Feliz”…

Por Hna. Juliane Campos, EP

Fuente: Gaudium Press

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