Con el fin de sumarnos al júbilo de todo el orbe católico, este 11 de febrero, por un nuevo aniversario de las apariciones de la Virgen en Lourdes, recordamos aquí palabras del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, penetradas de devoción y entusiasmo delante de las incontables maravillas que la maternal clemencia de María Santísima ha prodigado a los peregrinos en el célebre santuario.
Cuando menos esperaba, la pequeña campesina Bernadette Soubirous fue objeto de una gracia indecible: la Providencia la escogió para ser la vidente a la cual la Santísima Virgen se aparecería, en una gruta de Lourdes. A partir del día 11 de febrero de 1858, las visiones se sucedieron, y fueron el preanuncio de la serie de milagros que no cesaron hasta hoy, dejando la impiedad confundida y enmudecida. Por otro lado, sirvieron de ocasión para una inmensa expansión de la devoción a Nuestra Señora por el mundo entero. Las curas prodigiosas de Lourdes se repetían y se transformaron en un cántico de gloria a la Inmaculada Concepción, dogma promulgado poco tiempo después por el Papa Pio IX.
Nuestra Señora se impone al desprecio de los impíos

Lourdes es, en realidad, una de las más extraordinarias manifestaciones de la lucha de Nuestra Señora contra el demonio, pues esta aparición se dio en el auge de las persecuciones y desprecios movidos por el anticlericalismo del siglo XIX para debilitar la Iglesia. Muchos, acobardados por el respeto humano, fingían no tener más fe. Pocos profesaban claramente la religión católica, y los que no lo hacían, pedían pruebas de ella.
Nuestra Señora aparece entonces y se suceden los milagros, operados con la solicitud y magnanimidad maternales de la Virgen Santísima. De las piedras de la gruta de Massabielle brotó una fuente de agua, que hasta ese momento no existía. Naturalmente, los enfermos, que recurren a todo para aliviar sus dolores, comenzaron a bañarse en esas aguas y – ¡oh! maravilla! – comienzan a curarse en número sorprendente.
Los impíos no queriendo dar el brazo a torcer, inmediatamente elevan la voz, y afirman no tratarse de enfermedades auténticas y, por tanto, no lo eran tampoco las curas. No podía haber milagro, porque la veracidad de estos los desmontaría. A fin de eliminar cualquier duda y hacer triunfar la insondable bondad de Nuestra Señora, la Iglesia constituyó un centro médico especial, con los recursos más modernos que la ciencia tenía, para analizar y comprobar las enfermedades antes que los enfermos se bañasen. Munidos del certificado, ellos entraban en las aguas y poco después salían – varias veces, no siempre – cantando las glorias de Nuestra Señora, porque habían obtenido la curación. Los médicos realizaban un nuevo examen y, según el caso, declaraban que no había explicación científica para el restablecimiento del enfermo.
En el transcurso de los meses y de los años las curaciones se fueron multiplicando, y la piedad católica constituyó todo un expediente sobre esta maravillosa manifestación de la compasión de Dios hacia los hombres.
En el transcurso de los meses y de los años las curaciones se fueron multiplicando, y la piedad católica constituyó todo un expediente sobre esta maravillosa manifestación de la compasión de Dios hacia los hombres.
Tres actitudes de María frente al dolor humano
Estos milagros, así como todos los acontecimientos de Lourdes, son ricos en enseñanzas para nosotros. La más valiosa de estas lecciones será, tal vez, acerca del sufrimiento.
Vemos en Lourdes tres actitudes de la Providencia y, por tanto, de Nuestra Señora ante el dolor humano. Dentro de la perfección de los planes divinos, tales procedimientos tienen su razón de ser, a pesar de parecer contradictorios.
Por un lado, llama la atención la pena que Nuestra Señora tiene de los padecimientos de los hombres, y cómo, en una extraordinaria manifestación de su insondable bondad materna, atiende a sus ruegos y practica milagros para curar sus cuerpos.
Por otra parte, Nuestra Señora tiene también compasión de las almas, y para probar que la Fe Católica es verdadera, practica milagros para operar conversiones.

Pero existe una tercera realidad en Lourdes, no menos significativa que las anteriores: son los innumerables enfermos que para allá se dirigen y vuelven sin el tan anhelado restablecimiento. ¿Por qué misteriosa razón Nuestra Señora devuelve la salud física a unos y no la devuelve a otros? ¿Cuál es la razón más profunda de eso?
Creo que esta ausencia de curación puede ser tomada como uno de los más maravillosos milagros de Lourdes, si consideramos que para la inmensa mayoría de las almas, el sufrimiento y las enfermedades son necesarios para santificarse. Es por medio de esas pruebas físicas y morales que ellas alcanzan la perfección espiritual a la que fueron llamadas. Y quien no comprende el papel del sufrimiento y del dolor para operar en las almas el desapego, la regeneración, para hacerlas crecer en el amor a Dios, quizá no entienda que, por regla general, por esa forma los hombres alcanzan la bienaventuranza eterna. Y tan indispensable nos es el sufrimiento para llegar al Cielo, que San Francisco de Sales no dudaba en calificarlo de «octavo sacramento». Ahora bien, Nuestra Señora actuaría entonces contra el interés de la salvación de las almas, si las libra de todas las enfermedades. Claro está, a determinadas personas, por circunstancias y designios especiales, de algún modo conviene sustraerles el sufrimiento. Son excepciones. La mayoría de los que van a Lourdes vuelven sin haber obtenido la cura. Y en esto podemos ver cómo la Santísima Virgen, tan misericordiosa, sin embargo respeta la voluntad divina en lo que se refiere a los sufrimientos humanos.
Milagros de la caridad cristiana




