La Solemnidad de San José se celebra el 19 de marzo.
A lo largo de los siglos, el Señor “ha desplegado el poder de su brazo” (Lc 1,51) contra sus enemigos, enviando hombres y mujeres providenciales que salvaron a su pueblo a través de hazañas admirables, en las que el factor sobrenatural fue siempre decisivo.
Sin embargo, en muchas circunstancias la omnipotencia divina estuvo precedida de una larga espera, al punto que el salmista exclamó: “¡Despierta, Señor! ¿Por qué estás durmiendo? ¡Despierta! ¡No nos rechaces continuamente!” (Sal 43, 24). Y, cuando todo parecía perdido, la intervención se produjo de forma sorprendente, superando todas las expectativas.
Un misterio similar ocurre con San José. Dotado de todas las formas de heroísmo y audacia para defender a Jesús, en pocas ocasiones supo expresar tales virtudes en sus múltiples desdoblamientos, ya que, ante el plan de la Redención, debía aceptar con obediencia y resignación el designio divino de la muerte del Salvador. Él, por así decirlo, inmoló espiritualmente a su Hijo, consintiendo en su holocausto para que se cumpliera la voluntad del Padre. Por eso esas cualidades quedaron, en cierto modo, recogidas durante su vida, porque si las hubiera utilizado al máximo, habría evitado la Pasión. Estando él en el Cielo, sin embargo, los velos de penumbra que cubrían su fuerza a los ojos de los hombres fueron descorridos, revelando progresivamente, desde la eternidad, el vigor del brazo de Dios a través de la intervención cada vez más clara y decisiva del Santo Patriarca en los acontecimientos.




