En el momento de su aparente humillación, Jesús manifiesta la magnificencia de su realeza y desvela el horizonte de sus intenciones con relación a la humanidad.
I – En busca de la paz
La encíclica Quas primas de Pío XI, publicada en 1925, goza hoy en día de una merecida fama, y la anual celebración de la solemnidad de Cristo Rey perpetúa la eficacia de sus benéficos efectos. Ante el laicismo que pretendía imponerse ya en aquella época, el pontífice proclamó con gallardía la realeza del Príncipe de la paz. Sin embargo, sus enseñanzas no fueron escuchadas, y casi un siglo después la humanidad se encuentra cada vez más alejada del divino cetro de Jesucristo, negándole las prerrogativas de soberano en el ámbito temporal, y hasta en el religioso, con graves consecuencias para la vida moral, familiar, social e incluso económica.
Contexto dramático, que perdura
Desde el año en que la encíclica salió a la luz hasta hoy, la humanidad ha pasado por la Segunda Guerra Mundial, seguida de la tensión provocada por la Guerra Fría y por cientos de otros conflictos bélicos o tragedias, que desembocan en el temor de una hecatombe atómica, percibida por la generalidad de los pueblos como el peligro más grande en este triste y sombrío siglo XXI.
En Fátima, la Santísima Virgen les había prometido a los tres pastorcitos el final de la Gran Guerra y la paz. Ésta, no obstante, sólo se conservaría con la condición de que los hombres se convirtieran. De lo contrario, decía la bella Señora, vendría un conflicto de proporciones aún más devastadoras. Y así fue. Como resultado de esta terrible profecía, que se cumplió con exactitud, se hace evidente la existencia de la Providencia divina guiando la pequeña y la gran Historia, dándole sentido al encadenamiento que hay entre la fidelidad o la defección de los hombres con relación a Dios y los dramas que marcan los acontecimientos.
Cristo, única solución para los males de la humanidad
Por eso Pío XI, a fin de evitar las calamidades y matanzas que seguirían a la publicación de su célebre encíclica —y casi como si las hubiera previsto—, afirmó estar persuadido de que «no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo».1 El Papa consideraba que la acumulación de males en la tierra se debía al hecho de que la mayoría de los hombres se había distanciado de Nuestro Señor y de su santa ley. De esta manera, la paz verdadera entre los pueblos nunca resplandecería mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio del Salvador.
El pontífice indica también las felices consecuencias del reconocimiento de dicho imperio: «Si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. […] ¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo!».2
Deseoso de grabar en el corazón de los fieles las preciosas enseñanzas plasmadas en su encíclica, el Santo Padre decidió instituir la fiesta litúrgica de Cristo Rey. Fue movido a ello por razones de elevado cuidado pastoral:
«Para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerlo por medio de ellas a los íntimos goces del espíritu, mucho más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio. Éstas sólo son conocidas, las más veces, por unos pocos fieles, más instruidos que los demás; aquellas impresionan e instruyen a todos los fieles; éstas —digámoslo así— hablan una sola vez, aquellas cada año y perpetuamente; éstas penetran principalmente en la inteligencia, aquellas extienden su saludable influencia tanto a la inteligencia como al corazón, es decir, al hombre entero. Además, como el hombre consta de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las solemnidades externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de los actos litúrgicos aprenderá mejor las divinas doctrinas, y convirtiéndolas en su propia savia y sangre, aprovechará mucho más en la vida espiritual».3
Fiesta contrarrevolucionaria por excelencia
La solemnidad de Cristo Rey es, quizá, la fiesta litúrgica que más contrasta con los desvíos del mundo moderno, englobados acertadamente por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en el vocablo Revolución. Explica él que, aun cuando cada revolución considerada separadamente sea «un movimiento cuyo objetivo es el de destruir un poder o un orden legítimo y poner en su lugar un estado de cosas (nótese que intencionalmente no decimos orden de cosas) o un poder ilegítimo»,4 el mal que aflige los tiempos actuales no es una sucesión incoherente de revoluciones, sino la Revolución por antonomasia.
Se trata de una Revolución multisecular, de cariz gnóstico e igualitario, que busca destruir el orden de la cristiandad medieval, la cual fue «la realización, en las circunstancias inherentes a los tiempos y lugares, del único orden verdadero entre los hombres, o sea, la civilización cristiana».5 Y la solemnidad de hoy, que cierra el Ciclo litúrgico, posee una fuerza incalculable para promover la sana, convencida y entusiasta reacción católica contra los sofismas revolucionarios. Es, en definitiva, una fiesta contrarrevolucionaria en toda la fuerza del término, porque «si la Revolución es el desorden, la Contra-Revolución es la restauración del orden. Y por orden entendemos la paz de Cristo en el Reino de Cristo».6
II – Rey sumamente misericordioso
El Evangelio seleccionado por la liturgia es la expresión más conmovedora y misericordiosa del reinado de Cristo, Cordero inmolado, que en su piedad suscita la fe del malhechor y la premia, prometiéndole el Paraíso al cruzar el umbral de la muerte.
El pasaje de San Lucas que nos ocupa es de una belleza inefable. Clavado en la cruz, Nuestro Señor continúa haciendo el bien, el sumo bien, que consiste en llevar al Cielo a un pecador. Ninguno de los milagros realizados por Él anteriormente, incluso el de resucitar a los muertos, manifiesta tanto su divino poder como la conversión y salvación del buen ladrón, así llamado no en función de sus hurtos, sino de su arrepentimiento en el momento decisivo.
Jesús resplandece, en medio de llagas y escarnios, como rey. Sí, Rey de ese Reino que no es de este mundo. Pero también rey en medio de esbirros y un sanedrín blasfemo, pues la maldad más encarnizada de los hombres no le priva de la libertad de premiar a una oveja descarriada que in extremis abre su corazón pobre e inmundo al Buen Pastor, siendo acogida por Él con un abrazo de compasión, amor y ternura que durará toda la eternidad.
Corazones de acero
En aquel tiempo, 35 los magistrados le hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Los magistrados —miembros del sanedrín y jefes del pueblo—, se muestran escandalosamente «ciegos, guías de ciegos» (Mt 15, 14) en ese paso. Después de haber presenciado un torrente de milagros de los más diversos géneros, como curaciones, multiplicación de alimentos, exorcismos y hasta resurrecciones, osan matar al autor de la vida, para usar la expresión de San Pedro (cf. Hch 3, 15). Uno se queda asombrado ante tanta ceguera voluntaria, fruto de un odio satánico contra el Mesías. Actuando de ese modo, encarnaban a la perfección el papel de los viñadores homicidas mencionados por Jesús en una de sus parábolas (Mt 21, 33-46), quienes, al matar al heredero del dueño de la viña, pretendían apoderarse de un patrimonio que no les pertenecía.
¿Hasta qué punto los saduceos y los fariseos, que componían ese senado de las tinieblas de Jerusalén, eran conscientes del mal que estaban haciendo? ¿Acaso la ebriedad del odio les habría eclipsado por completo la razón al punto de que negaran tantas evidencias que apuntaban hacia el mesianismo y la divinidad de Jesús? Resulta difícil responder.
Sin embargo, el temor que manifestaron con respecto a la Resurrección del Señor y el hecho de haber sobornado a los guardias a fin de difundir entre el pueblo noticias falsas que desmintieran la gloria de Jesús revivido, muestra hasta dónde quisieron llevar su propia obstinación. Cabe preguntarse si un hombre, sin la ayuda misteriosa de algún ángel caído, sería capaz de llegar tan lejos. ¿No merecieron, pues, el calificativo que el Redentor les dio cuando les dijo: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo» (Jn 8, 44)?
Soportó en su propio pecho el odio del mundo entero
36 Se burlaban de Él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, 37 diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

Los soldados allí presentes representan la gentilidad, aunque algunos pudieran ser originarios de Palestina. También se mofaban de Nuestro Señor a causa del mal ejemplo dado por los judíos, razón por la cual se puede afirmar que Jesús soportó en su propio pecho el odio del mundo entero. Pero ese sacrificio dio sus frutos.
En efecto, el pecado de los romanos fue menor que el del pueblo elegido, así como lo fue el de Pilato en relación con el del sanedrín al condenar al Justo. Quizá por ese motivo, a pesar de haber maltratado al Señor, ya al pie de la cruz recibieron las primeras gracias en la dirección de una futura conversión, como lo demuestra la exclamación del centurión al ver la grandeza con que el Redentor expiraba: «Verdaderamente éste era Hijo de Dios» (Mt 27, 54). Así, en medio de las nubes de la tragedia, se abría una grieta para que la luz de la fe se filtrara sobre los paganos, presagiando la conversión del imperio de los césares.
Una situación similar sucede hoy día cuando vemos a los hijos de la civilización cristiana —los más beneficiados por los frutos de la preciosísima sangre derramada en la cruz— darle la espalda a Dios con una obstinación y una maldad inauditas. En cambio, otros pueblos, aunque sigan los malos ejemplos de los que les precedieron bajo el signo de la fe, parecen más susceptibles de conversiones fulgurantes, las cuales sin duda le conferirán al reinado de Cristo un renovado esplendor.
Un rey crucificado
38 Había también por encima de Él un letrero: «Éste es el rey de los judíos».
El titulus crucis, que hoy se venera en la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, de Roma, posee un profundo significado. A pesar de las reiteradas peticiones de los sanedritas para que lo cambiara, Pilato lo dejó tal y como había salido de sus labios: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos» (Jn 19, 19). Célebre se hizo la frase que pronunció en aquella ocasión: Lo escrito, escrito está, con la que expresaba su determinación de no cuestionar lo que había hecho constar en aquella paradigmática tablilla.
La máxima autoridad civil de la época en Palestina, considerada legítima por el propio Cristo, era la que afirmaba la realeza del Hijo de Dios. En cierto modo, aquella inscripción proclamó la verdad y posee connotaciones proféticas de altísimo valor simbólico hasta el día de hoy.
El buen ladrón y el malo
39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40 Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? 41 Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo».
Para humillar todavía más a Nuestro Señor, lo crucificaron en medio de dos malhechores. Sin embargo, este diabólico intento de agraviar al Redentor se convirtió en uno de sus mayores títulos de gloria, pues al rescatar al buen ladrón —de nombre Dimas, según una respetable tradición— cumplió de forma espléndida su misión de salvar a los pecadores.








