Debemos encarar la muerte con serenidad, con grandeza, inclusive en lo que ella tiene de aflictivo y de tremendo.
(2 de noviembre 2025) El día de los fieles difuntos representa para nosotros mucho e, incluso, muchísimo. Porque es por excelencia el día en el cual rezamos por todos los fieles y todas las almas que por ventura están en el Purgatorio.
Pero es también el día en que la Iglesia –con aquel tacto que le es propio y que tiene cualquier cosa de absolutamente inconfundible‒ nos recuerda la realidad de la muerte.
Ella parece abrir un precipicio bajo nuestros pies y nos hace ver una multitud de almas que se encuentran en estado de pena, de sufrimiento. Y, por otro lado, la miseria de la muerte, la destrucción de la muerte, la aniquilación de la muerte, la miseria del alma cuando ella no va directamente al Cielo.
“Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás“
De vez en cuando debemos meditar sobre la muerte, para que comprendamos lo que hay de profundamente real en aquella advertencia que el sacerdote hace a los fieles el Miércoles de Ceniza: “recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás“. No somos otra cosa que polvo y volveremos a ser polvo.
Eso nos hace dar una dimensión exacta a todas las cosas de esta vida. Todos nosotros, en este momento, podemos estar movidos por deseos muy diversos. ¿Pero que son esos los verdaderos deseos, cuando uno calcula lo que uno es? ¡Es una cosa tremenda!
La muerte puede sobrevenirnos en cualquier momento
Si soy algo tan inconsistente; si un coágulo que parte de mi talón puede acabar con todos mis deseos, todas mis aspiraciones, todos los movimientos que tengo en relación a las cosas de esta vida; si soy tan, tan débil que, en último análisis, sé que moriré; cuando paso por un cementerio, veo que allí mi destino está fijado: es volverme polvo.
La meditación sobre la muerte es benéfica para crear desapegos, humillar orgullos y hacer comprender que podemos ir de un momento a otro ante el juicio de Dios.




